La muerte de Virgilio by Hermann Broch

La muerte de Virgilio by Hermann Broch

Author:Hermann Broch
Language: es
Format: mobi, epub
Tags: det_classic
Published: 2009-05-03T23:00:00+00:00


Eter — El regreso

¿Murmuraba aún algo? ¿era todavía el bondadoso murmullo de Plocio, protector y bueno y fuerte? ¡Oh Plocio, oh, que dure, oh, que siga murmurando sosegado, brotando de la inagotable profundidad de lo interior y lo exterior, ahora que la obra estaba cumplida, ahora que lo realizado era suficiente, que ya no debía suceder nada; oh, que dure eternamente! Y en verdad duraba, murmurando y murmurando, rodando blandamente sin cesar, rodando blandamente hacia él, onda tras onda de murmullo, pequeña cada una de ellas, inmensamente extendidos los círculos de su conjunto; estaba sencillamente allí presente, no era preciso ponerse a la escucha ni esforzarse por retenerlo; sí, este murmurante acaecer no quería, en absoluto, ser retenido, pues tendía hacia delante, mezclado con el murmullo de la fuente, con el murmullo de las aguas, fundido con ellas en la incolora y poderosa fuerza del asosegante fluir, él mismo el elemento, él mismo el sosiego, él mismo el fluir, bañando suavemente la quilla y los costados de la lancha, deslizante espuma.

Desconocido era el objetivo, desconocido el puerto final; de ningún muelle se había zarpado, viniendo de infinitudes y tendiendo al infinito iba el viaje; pero su dirección era firme y severa, guiada por mano segura, y si hubiera sido permitido volverse, se habría visto, seguro, al piloto en la popa, al guía cuando se ha perdido el rumbo, al práctico, que conoce la salida del puerto. Pero no menos como asistencia y amigo se había quedado también Plocio, toda vez que, humillado y dignificado, había asumido la tarea de esclavo en el banco de remero, enmudecido el murmullo de su boca, enmudecido y entregado al universo, casi imperceptible el jadeo de su respiración en la ligereza del avance libre de esfuerzo, de dolor: así, los brazos doblados, remaba en silencio sobre la silenciosa superficie del agua, con incoloro murmullo, no tan enérgicamente, ni de lejos, como se hubiera esperado de él, al contrario, los remos apenas se levantaban, apenas se hundían para cortar muy quedo el líquido elemento: delante, en la proa, se sentaba Lisanias o tal vez estaba en pie un niño para cantar en el viaje. De todos modos Plocio, para quien regía, como terreno, la prohibición de volverse, y que por tanto no podía ver ni al niño ni el objetivo del viaje, Plocio no se volvía, nada le importaba el niño, y tenía los ojos constantemente fijos, por encima del pasajero, en el piloto a popa, cuyas indicaciones debía seguir, por encima del piloto en la infinidad de lo ocurrido, de la que procedían. Las costas quedaron atrás y fue como una fácil despedida del ser y vivir humano lo que allí se realizó, despedida en lo inmutable ahora cambiado, despedida de la multiplicidad de todo lo familiar, de las imágenes y de los rostros familiares allá y no por último del sepulcro que desaparecía entre el gris de la niebla, pero también de Lucio que seguía escribiendo con toda constancia y, por cierto, se había



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